El contraste se antoja divertido. blindados por los muros de cristal, los dos mundos respiran aires completamente distintos, y por momentos, me alegro de estar aquí. En una sede que pudo haber sido mi lugar de trabajo, y que, por cuestiones del destino, siempre se mantuvo ajena a mi persona. Me alegro de sentarme en los sillones del lugar en el que prometí no volver a trabajar, ahora como cliente, degustando un chai, rodeado de otros comensales que vienen a exhibir sus poderosas portátiles como si de un concurso se tratase.
Me llega el ruido de las licuadoras, despertando vagos recuerdos de mis primeros días en la empresa, hace poco menos de dos años. Recuerdos de un invierno estresante, inundado de sentimientos encontrados, de metas truncadas y de un final anunciado, una etapa de madurez universitaria que contemplaba el ocaso de la carrera sin comprender su significado.
Afuera, el embotellamiento presagia la rutina que pronto deberé tomar. A veces quisiera que esta cafetería tuviese un portero que dijera "you can check out any time of the year, but you can never leave", y sumergiera mi vida en las deliciosas notas de una guitarra acústica que no dejara de entonar himnos a la vida.
Hace poco menos de dos años, no creía en la existencia de un "tercer espacio". Hoy, no puedo deshacerme de la añoranza de volver aquí.
